Todos sabemos como juega Danilo Gallinari. Pero... ¿cómo jugaba su padre Vittorio? El 12 rojo...

Muchas veces hemos oído pronunciar este refrán o dicho popular, pero en lo relativo al baloncesto no se cumple, ni mucho menos, en todas las ocasiones. Ejemplos de hijos de jugadores de baloncesto famosos que prueban fortuna en la misma actividad que encumbró a su padre han existido bastantes si buceamos en la historia.

 

Algunos –no demasiados- superan las prestaciones del progenitor, otros –la mayoría- alcanzan un buen nivel pero sin llegar a la fama y la calidad que le correspondería si la genética fuese una ciencia exacta y milimétricamente precisa.

 

El caso de Kobe Bryant es paradigmático si nos atenemos a la primera clase. Joe Bryant jugó a buen nivel en la NBA, tuvo como compañero a Julius Erving en los 76ers de Philadelphia, fue subcampeón de la competición en 1978 y forjó una excelente carrera posterior en Italia. Pero palidece en grado sumo si lo comparamos con la magnificencia del gran Kobe, el sucesor de Jordan y, probablemente, el jugador con mejores condiciones físicas y técnicas de la historia de este juego.

 

Otro al que se puede poner la etiqueta de “mejoran la especie” es Danilo Gallinari. Vittorio no pasó de ser un hombre de equipo (siendo cruel podríamos decir que esa expresión no es más que un eufemismo del término picapedrero) en el histórico Simmenthal de Milan de los 70 y 80.

 

Mejore la especie o no, en el sentido puramente deportivo, lo extraño, y peculiar al mismo tiempo, de todo esto es el hecho de que con más asiduidad de lo que parece padre e hijo se asemejan lo que un huevo a una castaña, no ya técnica, posicional y mentalmente, sino también físicamente.

 

Vittorio y Danilo más o menos comparten altura, pero mientras el primero no podía tirar a más de 50 cm. de la canasta y tenía la mano de madera y nulo talento, el segundo va camino de ser un súper clase en la NBA.

 

¿En qué se parece Jan Fernando a su padre, el recordado Fernando Martín? Sí, Jan es fuerte, con cierto carácter, pero no llega ni de lejos a la furia y la personalidad de su padre.

 

Podríamos trasladar la comparación de nuevo a Italia y hablar de la familia Meneghin. El gran Dino fue el perfecto maestro y espejo de Fernando Martín en cuanto a prestancia y “mala leche”, mientras que a Andrea le sobraba calidad pero carecía del gen competitivo arrollador de su padre.

 

Todos recordamos al enorme Oscar Schmidt, el héroe del basket brasileño de 30 años a esta parte, y dios deportivo de los actuales Splitter, Nené, Leandrinho o Varejao. Pues bien, su hijo Filipe (el cual llegó a compartir vestuario con Oscar en las postrimerías de la carrera de éste último) mide poco más de 1,80 m, juega de base y es zurdo. Los que vieron el discurrir de Oscar en las canchas pueden observar las similitudes, o más bien la falta de ellas.

 

Como dijimos antes, la genética no atiende a razones en muchas ocasiones. Pero como diría Spencer Tracy en la película La costilla de Adán: “viva la diferencia”. Queremos diversidad, no queremos clones.