El poderoso ejército rojo de antaño - por J.F. Escudero
15 segundos que nunca se borrarán de la memoria colectiva
El baloncesto ha sufrido un cambio radical en los últimos años, eso no parece discutirlo nadie. Los síntomas de esta metamorfosis podemos observarlos en muy diversos aspectos ligados al juego, pero en estas líneas me permitiré la licencia de acotar el análisis al contraste hispano-ruso, o lo que es lo mismo, la zigzagueante historia de una maravillosa e inacabable rivalidad.
Me viene a la memoria el último resultado del amistoso jugado entre las selecciones de España y Rusia, más de 30 puntos de ventaja a favor del equipo de don Alejandro. Las cifras son engañosas, que nadie lance las campanas al vuelo, porque aunque las virtudes que se combinan en el seleccionado nacional permiten describirlo como quizá el más potente de nuestra historia, no debemos olvidar lo ocurrido en Madrid hace unos meses. Y es que no siempre los mejores jugadores vencen, aún teniendo todo a favor.
El día que la URSS se disgregó en las repúblicas que la componían infinidad de cosas sucedieron en el panorama geopolítico, pero en lo que nos ocupa (la historia del baloncesto) la principal consecuencia fue la desaparición de la mayor potencia europea por resultados de siempre y la creación en varias escuadras de gran nivel, aunque por descontado no tanto como la original, de las que Lituania y Rusia se alzaron como las más significativas. España en la actualidad vence a éstas asiduamente, pero hubo un tiempo en el que tal circunstancia (salvando las distancias a las que acabamos de referirnos) se nos presentaba como quimérica. La abismal diferencia física era una circunstancia capital, aunque no la única. La URSS solía presentar una mezcla de inmensos pívots intimidatorios aunque poco móviles, con jugadores exteriores bien dotados técnicamente. En la Europa de los 60 y primeros 70 casi nadie pudo con ellos, y los títulos caían en irrefrenable cascada, 8 europeos seguidos, los mundiales del 1967 y 1974, los JJOO de 1972... Los talentosos Modestas Paulaskas, Gennadi Volnov (fallecido recientemente), y más tarde los Belov (Sergei y Alexander, no eran parientes, por cierto) diseñaban un juego que contaba con la inestimable ayuda en defensa, intimidación y rebote de auténticas murallas humanas de más de 2.13 m., totalmente infranqueables para nuestros livianos hombres interiores, el letón Janis Kruminsch, primero, y después Vladimir Andreyev. Intentar ganarlos suponía que coincidieran en el mismo partido circunstancias difícilmente asumibles, amén de un rogatorio viaje previo a Lourdes, por supuesto.
Sin embargo, después de muchos golpes contra la pared de la utopía, los vientos soplaron favorablemente por una vez, y al fin España pudo vencer la batalla al ejército de todos los ejércitos. En competiciones de equipo la diferencia no era tal debido a la irrupción de jugadores americanos de gran nivel en los principales equipos europeos, gente como Bob Burgess, Miles Aiken o Clifford Luyk dotaban al Real Madrid, por ejemplo, de la calidad física de la que adolecía para poder hacer frente al por entonces casi único equipo soviético de entidad, el TSKA de Moscú, o al menos el que siempre representaba a la URSS en la Copa de Europa como sempiterno campeón de liga. Pero a nivel de selecciones aún la diferencia se antojaba en teoría enorme.
Fue precisamente las nacionalizaciones de Luyk y Wayne Brabender las que permitieron que en las semifinales del Europeo de Barcelona 1973 llegara la primera victoria hispana ante la URSS. Evidentemente no fue la única causa, el hecho de jugar en casa unido a la confianza de todo el plantel, más alguna que otra baja significativa en la escuadra soviética (ya sin las torres Kruminsch y Andreyev, y la lesión de Alexander Belov, el héroe de Munich 72) dieron al traste con la historia, España había vencido al ogro soviético (alimentado artificialmente por la propaganda franquista) por primera vez en competición oficial.
Wayne Brabender –el mejor jugador del torneo- con 22 puntos y una buena defensa sobre el calibre-NBA Sergei Belov, y los 16 puntos al unísono de Nino Buscató y Vicente Ramos ponían el 80-76 final aquel lejano 4 de octubre. La zona diseñada por Díaz Miguel y comandada en la bombilla por Buscató y Ramos ahogó el poderío soviético en los últimos minutos, pero lo más curioso es que la canasta decisiva del partido la consiguiera un pívot poco recordado, Miguel Angel Estrada, en un gancho tras rebote ofensivo. Y resulta curioso porque representaba a la perfección la dualidad poderío físico-determinación, tras muchas guerras ganadas por el primero, en esta ocasión la segunda salía triunfante. Y no sería la última, por supuesto, la siguiente gran victoria ante los todavía soviéticos llegaría en las semifinales del Europeo de Nantes 1983, con la histórica canasta de Epi.
En la actualidad, la escuadra española no tiene nada que envidiar a nivel físico a ninguna otra, hay de todo, kilos en el interior, altura en los aleros, poderío en los bases. De inteligencia y talento andamos sobrados, y en cuanto a la dirección de banquillo no podemos quejarnos. Hace unas décadas se nos tachaba de “Cenicientas” al lado de aquellos bloques del Este tan compactos y fuertes físicamente. Amigo, cuan drásticamente ha cambiado el cuento.



