Los fines de semana al sol - por Lucas Victoriano
¿Es Lucas, es un pájaro, es un avión? No, es... ¡Camilo Sesto!
¿Y ahora qué hago? Llega el fin de semana y no sé qué hacer. Haber hay más alternativas que nunca pero ahora son distintas, muy distintas a las que tenía cada año.
Las manos se me humedecen, comienza el hormigueo de la barriguita, vas ahorrando esfuerzo y concentrándote poco a poco, pero no ocurre nada…
Cuando me doy cuenta intento habituarme al hecho de tener que ir al pabellón, pero esta vez a sentarme, a respirar el ambiente de los aficionados, a ver lo que parece tan fácil desde arriba…
Y me digo a mi mismo, ¿como no van a putearme? Sí, de acá se ve todo; los errores normales parecen horrores, y eso que recién comienza la Liga.
Imagino a la gente cuando las castañas estén en juego, ya sean playoffs o partidos decisivos para el ascenso o el descenso.
Cuando estas abajo, en el ruedo como dirían algunos, las cosas van muy rápido, las decisiones tienen que ser certeras; sin dudas y sin pensar porque no te da tiempo a visualizar lo que puede pasar si te equivocas.
No hay tiempo, no puedes racionalizar nada: sólo actúas y después valoras. Ya te premiaran con aplausos, abucheos… o simplemente el temido silencio, la temible indiferencia.
Y la jugada sigue y otra vez a decidir y otra vez a ser juzgado…
Pero mola. Es lo maravilloso de ser jugador, de que tanta gente acuda al pabellón a ver baloncesto, a ver cómo te equivocas, a verte acertar, a desahogarse, a llevar a la familia, a pelearse con el de al lado que no está de acuerdo con los comentarios que salen inconcientemente de boca de todos.
Los árbitros no se salvan nunca, pobres. Ni un fan, ni una buena palabra; siempre “negatifo” como diría Van Gaal. Y ellos siguen decidiendo, cada fin de semana, tal vez uno o más partidos. Y siguen equivocándose...
Pero debe molar, es lo maravilloso del deporte. Y los entrenadores más de lo mismo: decisiones y aciertos, y más decisiones al gusto de algunos y no de otros tantos…
Pero hay que tomarlas y apechugar. Ya vendrán buenas o malas caras; unos palmas, otros sonrisas pero de nuevo a pensar, en la siguiente jugada, en el siguiente partido, en los entrenamientos, en las lesiones, en el día a día…
Pero debe molar. Es grandioso este deporte porque lo que más mola es estar ahí abajo. Decidiendo, bien o mal eso ya se verá. La misma decisión en diferente momentos; también son diferentes los resultados…
Pero eso mola y mola tanto que estoy a punto de decidirme, porque mola ser jugador y mola decidir. Mola mazo.


