Y yo en un hotel, lejos de mi casa...

Ver la final de unos Juegos Olímpicos en una amplia habitación de la última planta de un hotel, solo, con vistas a las vacías gradas de un campo de fútbol de Primera División, sería el retorcido sueño de algún aficionado al basket. El símbolo del deporte rey, su estadio, rendido como sus desiertos aledaños, mientras España se juega el oro pekinés en baloncesto. Surrealista…

 

Excepto lo de ser un resentido aficionado al baloncesto (¿de verás no lo soy…?), el resto me perseguirá por siempre. ¡Qué sitio tan absurdo para ver semejante partidazo! Si a ello le sumamos que te has acostado sólo cinco horas antes del inicio del partido por culpa, a partes iguales, del cansancio laboral y de pretender (¡que iluso!) ver el maratón olímpico, la escena es para verla.

 

Cada vez que anotaba USA, me asomaba al ancho ventanal, no veía ni al tato (normal un domingo tan temprano) y sí el gigantesco escudo de un club centenario, ajeno del todo al deporte de la canasta. Qué raro todo…

 

Lo mejor ha sido  poder bajar al desayuno buffet (sin tener que prepararlo, claro) porque dicen que con la panza llena estos trances se digieren mejor. Estos, y casi todos… ¡tragaldabas!

 

Se hace raro un partido a las 8.30 de la mañana; me devuelve a mi años mozos en la Liga Municipal de mi barrio. Ay ese gancho de izquierdas nunca bien ponderado…

 

La final ha sido grandiosa: bien jugada por ambos equipos, intensa, competida, emocionante, con sólo dos máculas: el arbitraje y la transmisión televisiva. El trío de gris ha sido “deshonesto” (Scofield, vía sms) con el juego y el baloncesto FIBA ha perdido hoy una gran oportunidad de quitarse un complejo necesario para igualar el deporte, ahora separado por el Atlántico. España a vuelto a demostrar que las selecciones ya no juegan atemorizadas ante un Dream Team; los árbitros todavía no y hasta que no den un paso al frente, no habrá paridad. ¡Ha sido esperpéntico ver cómo pitaban a Ricky Rubio los primeros pasos del duelo!

 

De la retransmisión por televisión amenazo con ocuparme al detalle en un próximo post, pero así, a vuela pluma, lanzó una larga pregunta al azar: ¿De veras se merece la afición de campeón del mundo un transmisión estilo club de la comedia barata, casi sin repeticiones, con una información estadística pobre y sin entrevistas a pie de parqué?

 

“Pandilleros on the verge of a nervous breakdown” (Pandilleros al borde de un ataque de nervios), así se titularía mi película del partido. Decía Mariano de Pablos en su blog que el ego era el peor enemigo del “Redeem Team”. De acuerdo 100%. La victoria por 37 puntos en la primera fase infló tanto el pecho de los yanquis que hoy han tenido “miedito español”. LeBron, Carmelo y Wade son los cabecillas del quilombo. Del resto sólo Kobe atempera un poco la chulería con gestos humanos y deportivos hacia el rival, pero hasta ha sacado el imperialista que todo estadounidense lleva dentro, mandando callar al respetable.

 

Bryant ha probado que es el mejor jugador de la mejor selección del mundo y por tanto, el mejor jugador del planeta. Yo no tenía dudas, pero algunos prefieren ver en él su innato talento para caer gordo a determinada gente.

 

A mí, Aíto no me cae mal. No comulgo con “toda” su forma de ver el basket, pero alabo sus logros. En un torneo tan corto ha sabido tensar la cuerda con sus jugadores sin llegar a romperla. Tal vez sin saber que los chicos eran tan buena gente y tan ganadores, por lo que más de uno y más de dos se han tragados sapos envenenados por el bien común.

 

Este grupo de jugadores españoles merece un monumento, que bien podía hacerse en lugar de Valle de los Caídos. Representa el cambio de España en los últimos veinte años. Un país de tendencia derrotista que a base de trabajo, creatividad y buen rollo, hoy no lo reconoce ni la madre que lo parió. La misma que parió a estos monstruos del baloncesto que nos hacen soñar con la victoria final.

 

Nota: Para el que no descubierto todavía, el hotel es el Novotel, la habitación, la 820, el estadio, el Sánchez Pizjuán, y la ciudad, por supuesto, Sevilla. ¡La vida es así de caprichosa…!