Una final de antología para unos Juegos Olímpicos increíbles

Hacía mucho tiempo que no ocurría que todos nos vamos contentos terminada la competencia. Y en este caso puntual de Pekín 2008, no lo hacemos sólo por los resultados deportivos, sino por otro montón de cosas que convendría enumerar.

 

Soy argentino y por eso seré honesto conmigo mismo y con ustedes y comenzaré por mi equipo. Sigo a esta selección desde que comenzó, en categorías menores, y tuve la suerte de presenciar muchos de sus logros, aunque no el oro en Atenas 2004, que ví por televisión.

 

Incluyendo a los Juegos del 2004, jamás ví una demostración de corazón y coraje como la que ayer tuvo la Argentina ante Lituania. Fue un golpe al profesionalismo y un retorno a las fuentes, ya desde antes del partido.

 

Manu Ginóbili, lesionado ante los Estados Unidos y descartado por todos para el juego, llegó al estadio y, ante la mirada atónita de sus compañeros, comenzó a vendarse los tobillos y a ponerse las zapatillas como un día cualquiera. Salió al campo, hizo diez minutos de trabajo con su pie y se dio cuenta que no podía.

 

Volvió al vestuario, escuchó la charla previa de Hernández, opinó como siempre y, cuando el equipo iba a salir hacia la cancha, se largó a llorar como un niño. Quiso evitar que lo vieran, pero no pudo, y fue tal el efecto que causó en sus compañeros, que estoy convencido que lo que dieron en el campo mucho se debió a ello. Jugaron por ellos, por su camiseta y por el compañero herido. Sin dinero de por medio, sólo gloria.

 

Un rato más tarde, España también consiguió su gloria, porque lo que hizo ante los americanos fue de una jerarquía y de un carácter como pocas veces se le había visto a un equipo español. Palo a palo. Y jugándole al ritmo de los yanquis. Uno de los mejores partidos FIBA que se recuerdan.

 

Daban ganas de quedarse media hora aplaudiendo a ambos cuando finalizó la batalla, porque debo reconocer que los NBA me sorprendieron con su limitado egocentrismo en este torneo. Respetaron a los rivales y, en semis y final, jamás se burlaron del oponente, una forma de demostrar que algo han cambiado.

 

Cuando llegó la entrega de medallas, todos estaban felices. Los argentinos, bronce con enorme sentido para ellos. Los españoles, plata que sabe a oro y los americanos, recuperando el trono que jamás debieron haber perdido.

 

Y los que estábamos allí presentes, estábamos felices como ellos. Parace frase trillada pero, ¡qué bonito es sentir de vez en cuando el espíritu del deporte en su esencia! Creo que estos han sido, por ese motivo y por el nivel en general, los mejores Juegos de la historia. Nos lo han dado todo. Y cada quien se llevó su justa recompensa, incluso nosotros.