El final más increíble de la historia de la ACB

 

Los amantes del baloncesto llevamos grabados en nuestros archivos vitales muchas canastas que nos hicieron felices y también otras tantas que nos empujaron a la desilusión. Partidos y campeonatos ganados o periodos en función de que la grandiosa fortuna decidiera escupir o aspirar la naranja más hermosa de todas. En mi memoria ocupa un lugar de honor el balón más inteligente, aquel que jugó la final de liga más recordada de siempre…

 

Cuando la temporada estaba siendo injusta y dura con él, con su historia, con su talento; y cuando muchos se iban a quedar con una imagen equivocada de lo que es, fue y será este grandioso jugador, la pelota no quiso equivocarse.

 

Cuando el entrenador, viendo que su barco naufragaba, que su titulo no sé cuántos peligraba, que la angustia se entrometía en el corazón de los blancos, apareció esa  figura delgada y atlética con calva marca de la casa, ojeras inconfundibles y madera de líder silencioso; con el 11 en el lomo y con la muñeca récord de triples de la historia de la competición… Ese envidiable palmarés.

 

Faltaba poco tiempo; “su” equipo perdía la final. Nada más entrar a la cancha un traicionero primer plano de televisión enseñó su cara de desilusión, su enfado, su impotencia… la temporada y toda la carrera representadas por esos expresivos gestos. Lloré delante del televisor: no era justo ver así a un  grande, a un genio, a un ídolo… Pero el tipo siguió para adelante mientras los segundos arruinaban el sueño de la gran familia madridista.

 

Entonces apareció desde la esquina como un ángel  blanco. La inteligente pelota quiso pasar una vez más por las manos de quien la hizo pasar por el aro noche tras noche. Las manos de ese madrileño que nunca quiso moverse de la capital española; las de quien se negó a estudiar cualquier tentadora oferta para trasladar  su aérea canaleta imaginaria desde su brazo hasta la redes de la millonaria NBA. Los gajos de la pelota rodaban una vez más a la vista de los afortunados aficionados que pudieron vivir aquellos interminable momentos en vivo y en directo. La pelota ya conocía su destino, esos mails que el mítico Cervatillo enviaba sí o sí al tablero electrónico… ¡Yo saltaba! Y muchos a mi lado. Los que habíamos tenido la suerte de conocerle nos reconocíamos gozosos, ayudando a que “el protagonista” subiera al cielo soñado, a que lo tocara con las dos manos. De nuevo las manos. Siempre las mismas manos que luego recibirían ese trofeo nunca tan justo y justificado.

 

De los muchos que ganó el Madrid, éste era más suyo que ninguno, la casa blanca española se lo debía, el básquet mundial se lo debía, la vida se lo debía… el destino se lo debía. Y todavía hoy creo que se lo seguimos debiendo. Una retirada más gloriosa no va a tener nunca. Porque todo deportista sueña retirarse así. Sin embargo yo creo que aún queda un triple por meter, tal vez bajo la atenta mirada de sus inseparables seres queridos, de sus viejos amigos, de los viejos compañeros, de los viejos rivales… de todos aquellos que nos sentimos orgullosos de haber compartido algún partido con el querido “Pelau“.

 

Por eso propongo una despedida en cancha, vestido con el traje que te hizo inmortal, con tus hijos en tu equipo y con millones de pelotas deseando la mejor de las suertes: ser la elegida para que ÉL la tire al aro.