La generación dorada

El ejemplo más reciente viene desde Liverpool, pero podría haber tenido lugar en Moscú, Melilla o en cualquier ciudad del mundo que por suerte disfrute de un deporte profesional en casa.

 

Las acusaciones de falta de profesionalidad hacia el jugador de fútbol, Xabi Alonso, por preferir quedarse con su mujer, a punto de parir, a viajar con su equipo al extranjero para jugar un partido de Champions, han sido el detonante final y definitivo de nuestras alarmas más sensibles. Las de todos aquellos deportistas profesionales que pensamos que no tenemos ningún derecho sobre nada, por ser jóvenes y estar bien pagados.

 

Mucha gente cree que en nuestro contrato vienen todas las obligaciones y ningún derecho. Los que pagan por vernos tal vez tengan parte de razón, pero no comparto que esas obligaciones se lleven al extremo de no permitir a un jugador asistir a uno de los acontecimientos más hermosos de la vida de un ser humano, como es vivir en persona el nacimiento de un hijo.

 

Y por supuesto no es la primera vez que ocurre. Se ha llegado a dar el caso de un jugador multado por su club, por preferir acompañar a su mujer el día más importante de la pareja y en un momento inaplazable, en lugar de ir a jugar un partido. En el trasfondo aparecen las duras críticas de la prensa y los aficionados que no comprenden cómo “un profesional” puede faltar a un partido.

 

Menos mal que siempre los hay valientes (aunque que no son más que sensatos despojados del miedo…), que prefieren soportar las críticas por defender sus convicciones. Yo brindo por ello. Sin embargo me pregunto a la vez si no nos estaremos pasando con este verso de que los partidos son una guerra o de que ganar está por encima de todo y de todos. A mí me gusta ganar; a todos los que yo conozco les gusta ganar, pero comparar una victoria, por muy importante que sea, con ver nacer a un hijo (y yo todavía no tenido ese placer…), es irracional.

 

Recapacitemos, por favor, con este tema que da para muchos pensamientos. Sería bueno conocer cómo piensan los aficionados (os animo a ello en este humilde blog…), pero desde mi óptica del jugador, estoy más que convencido de que si alguna vez me viera en el caso de Xabi Alonso, de Pablo Prigioni o del “Ogro” Kambala, elegiría sin dudarlo (si Dios así lo quiere…), ver nacer a mi hijo.

 

Dicho lo cual, espero la comprensión de los exigentes forofos, aquellos que creen que los colores lo son todo. Porque si pedimos a un tipo que no asista al nacimiento de su hijo, indirectamente le estamos pidiendo que deje de lado sus sentimientos… y sin sentimientos, ¿cómo puedes defender tu camiseta?, ¿cómo puedes sentir una derrota?, ¿cómo puedes lograr identificarte con tu equipo y así quedarte al año siguiente en lugar de irte adonde te den un euro más?

 

A un jugador profesional le estamos pidiendo fidelidad a los colores y esa fidelidad nace, precisamente, de los sentimientos de cada uno, ni siquiera del contrato, ni de ninguna frase demagógica por muy contundente que ésta sea. Los jugadores, por más o menos millones que ganemos, somos primero seres humanos. Que se nos tenga mal conceptuados o que se nos envidie muchas veces, no significa que debamos perder el norte pidiendo, o comparando, partidos por partos.