Onomásticas - por Matías Castañón
Qué tiempos aquellos en que los aleros tenían brazos largos y delgados y los pantalones eran cortos, cortos...
No soy de celebrar los santos: me cuesta acordarme de los cumpleaños de conocidos y colegas, así que imaginaros recordar una fecha concreta relacionada a un nombre. Sin embargo, es llegar el mes de mayo y empezar a rememorar una de las efemérides mas grandes de la historia del baloncesto. Mayo es la época del año idónea para las hazañas y las canastas mágicas: es el mes en el que nacen las leyendas.
Ahora que una generación de treintañeros desempolva sus primeros recuerdos relacionados con el mundo de la canasta mientras revuelven la casa de sus padres en busca de unas desgastadas Weapon y esas protocamisetas de Magic o Bird (no metáis tripa), yo apelo a la sabiduría de los griegos. Si es cierto aquello de que la historia es cíclica, no queda mucho para que Pacers y Knicks vuelvan a verse las caras en los playoffs.
Para mi generación (como le gusta llamarnos a mi padre, “los últimos de Barrio Sésamo”) fue la primera gran rivalidad de la NBA. Crecimos viendo al mejor Ewing mientras gastábamos aquellas zapatillas suyas, aprendimos que “heart” rima con Starks y conocimos a Spike Lee mas que nada porque era “ese tipo raro” que discutía con Reggie Miller. Para mi, fue el primer “grande”: un escuálido tirador, amado por su público y odiado por el resto. “The Knick-Killer” fue, sin saberlo, protagonista de excepción en mi primera gran bronca.
7 de mayo es y siempre será “San Reggie”: quinto partido de las Semifinales del Este de 1991. Él anotando dos triples determinantes en menos de tres segundos y yo chillando en el salón de casa cuando se suponía que horas antes me había ido a dormir. Me castigaron dos semanas sin ir a entrenar (lo peor que le pueden hacer a uno) y cerca estuve de perderme el final de mi etapa mas dulce como jugador (justo antes de que todos pegaran el estirón). Pero ese día comenzó mi verdadero romance con este deporte.
Como bien dice Alfredo Lepera en “Volver”, “siempre se vuelve al primer amor”: cada 7 de mayo abro el armario y me pongo esa camiseta azul marino con el 31 a la espalda un rato. Me encanta recordar esos años en los que acostarte tarde era dormirse a las 10, en los que solo deseabas que llegara la hora de ir a jugar con tus amigos al basket, mientras soñabas con clavarlas como Reggie Miller. Eso, hasta que me salga barriga a mi también...
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