Aquel día histórico de 2002, las miradas fluyeron en "La Albiceleste"

Cuando las circunstancias apremian, muchas veces salen de lo más hondo nuestros mas sinceros sentimientos; las formas de actuar, de enfrentar las consideradas situaciones límite. Ahí no nos engañamos, nos comportamos como de veras somos: damos un paso hacia delante, nos quedamos semiparalizados o esperamos que el curso de las cosas vayan a nuestro favor para, así, poder activarnos. Entonces se necesita un empujón. No es que quieras borrarte o que estés cagado, sino que alguien tome la delantera para seguirle.

 

Una vez que el equipo se da de bruces con esas situaciones, las miradas valen mucho más que los actos. Quiero explicarme bien para que no me malinterprete. Prefiero ver en los ojos de mis compañeros las mismas ganas, la misma tranquilidad, la misma ambición, la misma decisión. Que no sea sólo yo, sino la mayoría.

 

Si las palabras de los tuyos comunican más de lo que transmiten sus ojos, ponte en guardia. En cambio, cuando ves se dice lo justo y las miradas suficientes, entrarás a la cancha convencido de que ya tienes mucho ganado. Lo que trasmitimos con las miradas sirve para hablar en silencio a tus rivales y sobre todo a tus propios compañeros.

 

Jugar un partido trascendental es lo mas lindo que te puede pasar; saber que tu mente está sintiendo el miedo necesario para no acogotarte y suficiente pata mantenerte alerta; saber que la ilusión de muchos recae en tu buen hacer; saber que la victoria te ayuda a subir un peldaño más en pos de tus sueños. Te lleva, sí o si y más en nuestro deporte, a conectar con tus compañeros, alimentar las ganas de triunfo sabedor de que la mayoría se suma a la causa. El peso individual es menor si nos unimos y ponemos el hombro como equipo;  manejas mejor las pulsaciones elevadas, las miradas intercambiadas con tino en busca de la sintonía apropiada para asumir la responsabilidad del ser o no ser en ese partido, en esa temporada o en ese campeonato.

 

Un partido importante viene cargadísimo de tensiones, y a medida que se aproxima la hora del partido las cábalas, las estadísticas, las previsiones se acaban: sólo quedas tú y tus compañeros para jugar “el partido” de alta tensión. Y es ahí cuando entran en juego las miradas, la concentración, la intensidad, la inteligencia. No sólo juegas contra los rivales, sino también contra las situaciones, y sabes que quien mejor controla ese invisible partido tiene mayor fortaleza que su rival, más allá de si son mejores, candidatos, o simplemente van en busca de un milagro deportivo. Todo ello no sólo pasa en la alta competición,  también en muchos aspectos de la vida. Cuando juegas en conjunto, cuanto te sientes arropado, en simbiosis plena con tus compañeros de trabajo o con tu familia, las cosas se simplifican, los grandes obstáculos no parecen infranqueables.

 

Los grandes hitos se construyen a base de miradas, y estoy seguro que los campeones las sintieron, se agrandaron gracias a ellas, alcanzaron la fortaleza plena y por eso esculpieron su nombre en la historia.