I had a dream!!! - por J.F. Escudero
¿La final olímpica a ritmo de Macarena? No suena mal... con perdón, querido Poliakoff
Sí, señores, Martin Luther King tuvo un sueño hace más de 40 años, que todos los seres humanos fueron creados iguales, y que las inquinas, desigualdades y odios entre los habitantes de este planeta fueran desterrados para siempre.
El domingo también tuve un sueño, soñé que uno de los mejores equipos de la historia de este deporte sería llevado hasta el límite de sus fuerzas por un grupo de aguerridos y talentosos hombres de rojo, y como no podía ser menos, que la justicia y la igualdad imperaran sobre la cancha de juego. Cuando me desperté, observé cómo solo la mitad de mis pensamientos se habían hecho realidad. Un trío de aviesos vampiros vestidos de gris se empeñaron en que la pesadilla penetrara en los corazones de millones (¿solo cuatro?) de legañosos y cansados espectadores hispanos. Jamás sabremos si el cumplimiento del reglamento tal y como está escrito habría variado el devenir del partido, pero todo hace indicar de que sí, aunque las conjeturas indemostrables siempre han sido un argumento muy peligroso de utilizar. Yo, como aficionado parcialísimo, me sentí al 50% estafado, pero al mismo tiempo al 50% agradecido. Pero acaso todavía esté inmerso en ese sueño, y el partido aún no haya acabado, aquellos 40 minutos en que el baloncesto estuvo rozando con los dedos la divina imperfección del arte universal.
Resulta realmente arriesgado elaborar una lista de los mejores espectáculos que este deporte puede ofrecernos, si tuviéramos la osadía de pensar siquiera un momento en ello, nos daríamos cuenta de que sí o sí, este encuentro debería ocupar un lugar muy destacado. No sé, la final del Eurobasket de 1995 entre Lituania y Yugoslavia, la final de la Recopa de 1989 entre el Real Madrid y el Snaidero Caserta, el cuarto partido de la final de la NBA de 1984, la triple prórroga del quinto de la final de 1976, en un momento se me han ocurrido algunos ejemplos. ¿Qué tiene éste de especial? Acaso la inmediatez de los hechos, la presunta “invencibilidad” del adversario, la intensa emoción de todo un país respaldando el acontecimiento. Confieso que por un rato me sentí de nuevo como aquel colegial que por primera vez asiste en vivo a un espectáculo de esta magnitud.
Alguien me dijo tras pitar el vampiro número 1 el final, que éste pudo haber sido el partido de nuestras vidas. Dicen que una derrota así sabe dulce, pero para mi es la más amarga de todas, la amargura que da ser consciente de que en lo alto del podium pudiste y debiste haber estado tu. Quizás sea el partido de nuestras vidas, aunque yo prefiero pensar que el destino nos tiene reservado un instante aún más sublime.
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