¡Bienvenidos a la rueda de prensa favorita de cualquier periodista!

No es una recomendación literaria muy snob, no señor, pero es lo que ando leyéndo ahora mismo. Y mi libro favorito suele ser el que me ocupa en el tiempo presente si he conseguido pasar de la página 30.

 

Vuelta a Delibes,  cuyo “camino” tantos hicimos de adolescentes por imperativo escolar. Pero antes de empezar, primera herejía, ¡A la hoguera! Un entrenador que reconoce que está leyendo. Si se lee, malo, ¡De qué va este! Si se reconoce que se lee, peor, encima hace gala de ello…

 

Todo esto no es muy políticamente correcto (las campañas de fomento de la lectura están a la orden del día), pero la sociedad deportiva tiene claro sus códigos.

 

En la profesión de entrenador residen conflictos evidentes: ser el más buscado para hacer declaraciones a la prensa, pero con la recomendación de adoptar un tono monocromático (a ser posible gris), del que no se salirse nunca. El que más ha de hablar, menos debe comunicar.

 

Eso produce un efecto narcotizante muy saludable. Recuerden el “Libro de Estilo de Frank Rijkaard” (como para escribirlo sin google, menudo apellido). Entrenadores que no friccionan con la prensa deben comparecer con alguna ayuda endógena o exógena, tipo técnica de relajación. Muy difícil si no.

 

Al entrenador independientemente del resultado se le presupone frialdad, relajación y no entrar al trapo cuando entra en la sala de prensa. Aunque diez minutos antes has de haber conseguido que tu equipo juegue con candor guerrero, intensidad y que tus jugadores cojan el toro por los cuernos.

 

Y el entrenador que se sale de la atonía general con los micrófonos encendidos... ¡Qué bien cuando gana! ¡Menudo cantamañanas cuando pierde!, se ha de vestir de amarillo para quemarlo en la hoguera  en un Auto de Fe.

 

Otra cosa es pegarse las comúnmente llamadas “rajadas”, fuera de micrófonos (¡generalmente criticando a tus propios jugadores!), buscar la complicidad interesada con el periodista local y granjearse su afecto más allá del resultado. Eso hace que no te tachen de Hereje.

 

Todo el que se sale de la Doctrina de la Fe de los buenos modos públicos tiene un nefasto final, pese a las simpáticas miradas. No te salvarás; dirán que  les caes mejor, que prefieren uno que les de titulares (eso es economía laboral, en realidad) pero no te perdonarán, no les sonreiste, recuerda...

 

Es curioso pero los jugadores llegados a sala de prensa producen un efecto relajante, abajo en las sillas, lo contrario que lo anterior. Ahora la complicidad no es buscada por el orador, de hecho suele no comprenderla, a no ser que sus tablas y querencia le lleven a ello. Las preguntas son más cándidas, y las que no, casi nunca atacan al deportista directamente.

 

El baloncesto en la victoria es jugado por los jugadores, es placentero: la victoria adorna el juego hasta la mentira. La derrota precisa de culpables, que si son más humanos, más cercanos, mejor. La derrota siembra la duda hasta de lo más obvio:   -         El alero falló 5 tiros totalmente solo.

-         ¿Por qué no lo quitó antes y sacó al otro alero?

-         Pero es que tiró solo, alguno había de meter.

-         Que no, que el entrenador no tiene ni idea, ese alero titular es muy malo.

-         Pero es que el otro alero falló dos tiros solo.

-         Coño, claro y encima va y le cambia, así no se puede, no le tiene confianza, así como no vamos a perder...

-         ¡Pero si ganamos en la prórroga!

-         ¡Ah! (nótese actitud de mutis por el foro).

 

Esta profesión de entrenar, tan apasionante y vocacional, es por momentos sorprendente, sobre todo cuando ves que genera esos sentimientos de indignación o de repulsa basados muchas veces en opiniones sobre el todo o la parte, sesgadas o interesadas según el momento.