Manu Ginóbili, cuando nadie sospechaba todavía que iba a ser el crack que fue

No puedo evitar en este post ubicarme en mi situación de argentino. Olvide que soy periodista. Conozco a Manu Ginóbili desde que tenía 15 años y molestaba cuando íbamos a hacerle una entrevista a alguno de sus hermanos mayores, Sebastián y Leandro, también jugadores profesionales.

 

"Este va a ser el mejor de los tres", decían sus hermanos. Era el año 1993. Lo ví crecer, jurarle a su madre de que iba a terminar el colegio secundario algún día, pero que le permitiera irse a jugar la Liga Nacional (su sueño por entonces), con 17 años.

 

Lo ví luego pegar un enorme salto de calidad a los 20 años, jugando para el club de su ciudad, Estudiantes de Bahía Blanca. Ya era un pichón de lo que iba a ser. Después se fue a jugar a Italia, a la Legadue. Recuerdo que me mandaba, él mismo, fotos por mail recortadas del diario para que yo las pudiera publicar en mi revista, Básquet Plus.

 

Aunque al tiempo fue a la Kinder Bologna (recuerdo esos días en los que no podía dormir, decidiéndose entre Bologna o el Olympiacos), siguió mandándome las fotos por mail. Y un día, sin darme cuenta, reaccioné y advertí que Manu ya era uno de los mejores jugadores de Europa.

 

Llegó el 2002, año difícil en la Argentina, y fui al Mundial de Indianápolis, pero con el torneo empezado. La primera noche caí en una hamburguesería cerca de donde paraba Argentina y, para mi asombro, me encontré con Manu, Lucas Victoriano, Pepe Sánchez y alguno más. "¿Qué hacés acá?", me dijo. Lo mismo le pregunté yo.

 

Con esa frescura juvenil del mejor equipo que haya tenido la Argentina en su historia (ninguna otra, aún con mejores resultados, jugó mejor que esa del 2002), me regalaron una semana de felicidad inigualable.

 

Los años pasaron, llegaron los títulos de la NBA, el oro olímpico del 2004, muchos premios más en la Argentina, pero indefectiblemente, cada vez que me lo encontraba después de un tiempo, me recibía igual, "¿Qué hacés García?"

 

Más títulos NBA, semifinalista en Japón 2006 (su mayor frustración probablemente), niños que se le cuelgan de la cabeza, periodistas paracaidistas que hablan de él como si lo conocieran de años, etc, etc, etc.

 

Ayer, cuando encaró la defensa norteamericana entre varios (nunca cuidó su cuerpo) y salió saltando en una pierna al costado de la cancha, me vinieron a la mente muchas cosas, además de unas cuantas de las que conté previamente.

 

Pensé en los que habían dicho que su lesión no existía y que era una excusa para no jugar, porque estaba renegociando un contrato fabuloso con los Spurs. También en los que lo criticaron el año pasado por no ir a Las Vegas ("Maradona nunca le dijo que no a la selección", decían).

 

Pensé también, o me imaginé, cuando el médico de los Spurs le dijo que debía enyesarse el pie seis semanas y Manu le dijo que eso era imposible. Que, a lo sumo, serían tres semanas. Posibilidades que tiene un tipo con mucho crédito para gastar en una franquicia a la que le dio todo, como a cada equipo en el que jugó.

 

Cuando bajé a la zona mixta tras el partido y Diego Grippo, el médico de la selección argentina, dijo que se había resentido de la lesión previa a los Juegos, sentí una gran tristeza. Primero, porque, conociéndolo, debía estar sufriendo algo muy parecido a lo del 2002, cuando se esguinzó en semifinales y jugó en pésimo estado la final.

 

Después me percaté que, si San Antonio se pone muy pesado y lo obliga a cuidarse más y jugar menos, es posible que estos seis minutos ante Estados Unidos hayan sido los últimos de su carrera con la celeste y blanca.

 

En ese momento, sentí que un peso gigantesco posaba sobre mi espalda. Fue como tomar consciencia de algo que estaba a la vista de mis ojos pero que, quizá, no quería ver. Reconozco que me fui con una enorme tristeza al hotel.

 

Después, pensándolo una y otra vez, me dije: un grande como Ginóbili, que arriesgó la renovación de su contrato, que no quiso irse de Beijing porque quiere estar con su equipo hasta el final ("quiero perder con ellos si eso ocurre", dijo), no puede terminar así su carrera en la selección. No se debe permitir.

 

Porque si no, tendré que empezar a pensar que las cosas en este mundo están mucho peor de lo que pensaba. Y que los tiros nunca van para el lado de la justicia. Mi problema es que soy agnóstico, así que no tengo a quién prenderle una vela. Así y todo, creo que alguien, en algún momento, se encargará de solucionar este tema. Y espero que no tenga que ser Dios.