Manu Ginobili, abanderado de Argentina en Pekín, quiere revalidar el título de Campeón Olímpico

Escuchar el himno argentino te pone la piel de gallina. Gritar: “Oid mortales, el grito sagrado, libertad, libertad, libertad..”, desprende patriotismo y te infla el pecho. “Oh, juremos con gloria o morir...”. te hace sentir inmortal, invencible.

 

Portar la bandera en unos Juegos Olímpicos debe ser, como argentino, lo más grande vivido hasta el momento: representar a todos los atletas, a toda una nación que tan pendiente vive del deporte.

 

Manu se erigió en la figura larguirucha que portará en su hombro la bandera celeste y blanca protegida por el sol. Detrás de él desfilarán los mejores exponentes argentinos, con sus orgullosos sueños de acudir a la cita más importante del planeta deportivo, entre ellos los más representativos jugadores de fútbol: Riquelme, Messi y compañía… se mezclarán con atletas que la mayoría del país ni conoce, pero que hincharán con ellos, que llorarán a su lado y que se verán representados por el solo hecho de decir “Soy Argentino”.

 

Tamaña magnitud de responsabilidad le dieron al Gran Emanuel Ginobili, curiosamente el año en el que lucha a contrarreloj para curarse de la incomoda lesión de tobillo, que ya le había diezmado para jugar la Final de Conferencia de la NBA.

 

Ahora, sabiéndose una vez más bendecido por los dioses, su fuerza mental vencerá al dolor de su tobillo; volveremos a tener una Selección protagonista en básquet. El grupo que se inició hace un tiempo va perdiendo un soldado año a año, sin disminuir esa mística que la ha convertido en la actual Campeona Olímpica.

 

Por eso cuando veamos pasar la bandera de la mano izquierda del mejor deportista argentino actual, lo disfrutaremos, lo viviremos y ojalá esa bandera que tanto peso tiene ondee al final de los Juegos lo más cerca posible del cielo.