Lucas organiza en Tafí Viejo, la ciudad de autos, un campus para chavales de entre 13 y 16 años

No es una película. ni lo he soñado. ¡Es verdad, como la vida misma! Lo cuento tal cual sucedió hace ya algunos años...

 

En medio de una temporada,  el entrenador de cadetes se marchó porque no le pagaban y mi mamá se hizo cargo del equipo. Ya llevaba el femenino del club y como siempre venía a todos los partidos. Conocía no sólo a mis compañeros sino también a los padres, la mayoría vecinos y amigos.

 

Mi papá es entrenador de baloncesto; comenzó también en el femenino. Por la tardes cambiaba de barrio para hacerse cargo de los equipos de los diferentes clubes que solicitaban su trabajo y dedicación. Horas que había que sumar a su trabajo por la mañana.

 

En casa, por tanto, siempre se respiró baloncesto. Mis amigos entraban sin llamar, en busca del aro que había en el fondo del patio… Partiditos hasta que se marchaba el sol, y así día tras día.

 

Pero uno de esos días, aquel partidito se hizo oficial. Mi papá dirigía un equipo de Tafí Viejo (a las afueras de San Miguel de Tucumán, Argentina), y nosotros jugamos en el club del barrio, llamado Juan Bautista Alberdi (JBA), famoso por su carácter y porque sólo aceptaba jugadores del barrio.

 

¡¡¡Papá en el banquillo local, y en el visitante, mamá a los mandos y yo en la cancha!!! Jejeje, lo que fueron las horas previas: fuimos todos en el mismo auto; yo callado, mi mamá metiéndole fichas (picándole) a papá y mis amigos esperando para dedicarle alguna que otra bravuconada al entrenador rival.

 

Nosotros olíamos a campeones; jugábamos bien pero éramos el rival a batir; mucha gente en la cancha y siempre con hinchada propia a cuestas. Partido ideal, buen ambiente y lo que estaba por llegar, aún mejor…

 

Lo resumiré: 5 segundos para el final, perdemos (o sea mamá y yo) por 2 puntos… tiempo muerto.

 

Mamá prepara una jugaba pensando en lo que iba a hacer papá (o sea a defenderme a mí), que llevaba 39 puntos. Papá dejaría libre al jugador que sacaba y dos me defenderían para que yo no recibiera.

 

Mamá ordenó que hiciéramos el engaño: saca mi mejor amigo, yo finto para buscar la bola mientras hago un bloqueo para que otro anote de 2.

 

Pero nada de eso ocurrió. Al terminar el tiempo muerto, mientras caminábamos en busca del balón le dije a mi amigo que me pasara… ¡¡¡y me dijo que no!!! Que mi mamá había dicho otra cosa. Le miré como si le quisiera matar, y de nuevo le grité: ¡Dámela a mí!

 

Nunca debió verme así (imagino) porque me la pasó como pudo, entre medias de los defensores. Tiré casi desde mitad de cancha… ¡¡¡entró!!! Como en las películas americanas: todos festejando… menos yo. Triste por papá que se estaba comiendo todo tipo de burlas y cantitos…

 

Hasta mamá tuvo compasión; ella que nunca calla… De vuelta a casa guardo silencio en el coche, dándose cuenta de que la tortura de nuestros amigos hacia papá ya era suficiente. Yo no disfruté. Fue el primer y único triunfo de mi vida que no me hizo feliz.