Oliver Sacks, un neurólgo que escribe maravillosos libros sobre casos clínicos impensables de todo tipo de enfermedades del cerebro, habla en “Un Antropólogo en Marte” de un caso espectacular de enfermo de Síndrome de Tourette: un cirujano. Para quien no lo sepa, esta enfermedad provoca en quien la padece “movimientos y sonidos vocales (fónicos) involuntarios y repetidos que se llaman tics. En algunos casos, tales tics incluyen palabras y frases inapropiadas”, como lo define la Biblia de nuestro tiempo, la Wikipedia. En la práctica, tal y como lo cuenta Sacks, un enfermo de Tourette puede tener tics tan descomunales que le lleven a golpear al interlocutor de enfrente o, como en el caso del cirujano, a lanzar sin querer hacerlo cuchillos contra la nevera. O a dar volantazos mientras conduce (si es que llega a hacerlo alguna vez) y salirse de la carretera. O a golpear tantas veces las paredes de su casa que las tiene llenas de agujeros. En lo verbal, a insultar a quien tiene enfrente a gritos, o a soltar tacos o gritos en los momentos más oportunos.
Hubo un jugador, de nombre Chris Jackson en su faceta de leyenda universitaria (en Louisiana State) y parte de su carrera NBA, y de nombre Mahmoud Abdul-Rauf en mi recuerdo, que padecía Tourette. Un caso único en la historia del deporte. Algo extraordinario, como el paciente de Sacks que era capaz de operar con pulso firme conteniendo sus tics, pero visible para millones de personas por televisión.
Contaba Mike Hansen, compañero suyo en la universidad y creo recordar que de habitación, lo alucinante que era convivir con un tipo con esa enfermedad. Sus tics eran inenarrables, y las situaciones que generaba su enfermedad difícilmente asumibles para quienes le rodean. Decían que Abdul-Rauf tenía pocos amigos porque se hacía difícil penetrar en lo que sufría. Una coraza de tics y voces que le hacía vivir aparte.
Su conversión al Islam le llevó a negarse a escuchar de pie el himno de los Estados Unidos primero, y a rezar cuando sonaba después. Era 1996 y Abdul-Rauf, el tipo de los tics raros, pasaba a convertirse en un enemigo. Hablaba con palabras que nadie podría imaginar en un deportista: opresión refiriéndose a los Estados Unidos; rebeldía definiendo su alma. Ya no era el ejemplo de hombre que supera una enfermedad y llega al estrellato. Era un apestado que tuvo que salir por patas de la NBA, entre sanciones de la Liga y amenazas que lo retiraron del baloncesto. Peregrinó por Europa (una breve experiencia en Turquía, unos años buenos en Rusia e Italia, unos partidos con altos y bajos en Grecia), incluso volvió brevemente a la NBA. Ahora juega en Arabia Saudí, en un equipo llamado Al Ittihad, en el que será un capítulo glorioso de esa biografía que escribirá y que devoraré. Además, es el imán de la mezquita de Gulfport (Mississippi), en el Deep South en el que nació y creció, un edificio que él mismo creó en el lugar donde antes se vendía crack. Quizá, bordeando la cuarentena, haya encontrado su lugar en el mundo.
Abdul-Rauf vivió siempre a contracorriente. Luchó contra el Tourette, contra los que no respetaron sus profundas creencias, contra los que lo persiguieron y lo amenazaron. Quizá haya gente que crea que perdió la batalla con su exilio y la abrupta finalización de una carrera NBA modélica, pero puede que no sea así. Quizá hoy sonría pensando que ha ganado.
Oliver Sacks habla en su libro de que la capacidad de algunos enfermos de Tourette de hacer grandes cosas en lo físico es una cuestión de ritmo. De entrar en un bucle rítmico en el que todo cuadra, en el que el movimiento fluye, en el que los tics se van y su cuerpo se convierte en una melodía. Quizá la vida de Abdul-Rauf haya sido un constante buscar el ritmo adecuado. Después de mucho sufrir y dar que hablar, la canción cuadra.
P.D.: En el baloncesto, Abdul-Rauf fue muchas cosas. Jugador Más Mejorado, líder en % de tiros libres un par de años, uno de los grandes anotadores de su tiempo. Pero este blog no va de eso, así que lo buscáis en Internet, que para eso está. Pero si sois jovencillos igual no lo habéis visto jugar: aquí lo tenéis. Enfrente, uno de rojo con el 23 a la espalda. Sobre todo, fijaos en los tiempos muertos entre canasta y canasta: veréis un hombre consumido por los tics - la patada al suelo, el giro de cuello - que era tan bueno que casi no te dabas cuenta.